martes, 21 de marzo de 2017

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“No es tanto cuando aparecen los hombres sino cuando aparece el amor; 
cuando el otro comienza a formar parte de ti,  altera tu identidad” 
(Entrevista a Marian Izaguirre, Cuando aparecen los hombres).

Podemos ser diferentes versiones de nuestra yo a lo largo de la vida. O tal vez alternar una dualidad: el yo individual, no dependiente, y el yo adosado, el que cede o se altera en el juego de dar y recibir.

Estar enamorado es estar algo secuestrado. Siempre lo he creído. Desde la distancia no soporto el recuerdo de la enamorada que fui. Y lo mismo me vale cuando el enamoramiento se transforma en “esta es mi pareja”, en el aumento del prestigio social que parece ir asociado con la frase “mi pareja y yo” viajando, comiendo, cenando con amigos, en un recital, en unas vacaciones... La tú que eras antes va desactivando aspectos de sí misma. Prefiero este ser individual que siente verdadero afecto por el padre de mis hijos. Con el que ahora un abrazo o una caricia es únicamente eso, ese significado denotativo, sin doble lectura, sin pagos o sin derecho a contrapagos. Lo demás me parece anecdótico.

Los momentos de crisis y caos emocional intenso a lo largo de la vida no han hecho sino reafirmarme en valores que siempre van más allá del sexo y el deseo. A  la hora de la verdad, la carne se queda corta. Epidermis. Superficie.

Es cierto que también puede ser que, en el fondo, nunca me haya enamorado de verdad. Enamorarse en el sentido  de librar los sentidos generosamente y ver al otro como un ser casi mitológico. Es cuando hablamos de hadas y piratas, cuando utilizamos el lenguaje de las gestas y de las leyendas. Cuando todo es piel y aire y nubes y cerezas y naranjos en flor. Este ejercicio psicológico y aeróbico, este paseo de hormonas y fluidos, ha llegado a cansarme.

Acabada una relación,  llega el suspiro hondo y la recuperación de la propia agenda, una tarde entera regodeándote en todos tus defectos,. Hostia, por fin, aquí estoy yo de nuevo!

Alégrate, por tanto, de no ser mi objeto de deseo porque la que tienes delante, esta yo, no tiene trampa ni cartón. Pura hormona premenopáusica, sin interés oscuro. Aquí, intentando entender, aprendiendo de lo que leo, de lo que escucho, de las actitudes de los que han vivido más que yo. Aquí, aceptando.

Esto es lo que escribo hoy. Mañana, quién sabe si no escribiré poemas. La gracia es este no saber. No saber nada. Decir blanco hoy y negro mañana.Y gris los días pares. Perfectamente imperfecta. Como debe ser, contradictoria.Lo contrario sería haber llegado al fin. Creo. Aunque no estoy segura. 

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