jueves, 17 de noviembre de 2016

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Hay quien usa el cuerpo lo justo. Como mucho lo adorna para las transacciones diarias que lo ocupen. Soy el tipo del sombrero. O la de los labios rojos. Y ahí se queda. Como un cuadro.  Cargando continuamente programas internos.  Hablando hacia adentro y hacia afuera. Mientras el cuerpo se sumerge en sus propios sueños.  Porque un cuerpo es como un perro. Le gusta saltar, sacar la lengua, olisquear y morder y subir y bajar y agotarse hasta dormirse. Lo hace sin pensar, sin prevenir, sin esperar, sin prometer. Sencillo el cuerpo como es. Simple. Directo. Egoísta. Agradecido. A veces establece patrones, practica rituales, desenfunda pistolas y se ríe. Nada es trágico para la materia. Por eso no es bueno creerse las definiciones o aplicarle a los dedos los traumas aprendidos por los otros.

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