jueves, 20 de octubre de 2016

Tampoco hace falta que nos pongamos a escribir todos. Hay demasiados textos que nos ensucian el camino, que no aportan nada. Leo a menudo en la contra de La Vanguardia que nuestro cerebro no está preparado para asimilar tanta información. La cosa cambiaría si llevara incorporado un RSS. O tal vez no. Es tanta la comunicación insulsa que se cuelga en las redes. Desbordada estoy. Y no avanzo. Sé que es en mí un tema recurrente.

Tal vez por eso me encanta revisitar El nombre de la rosa. Volver a los manuscritos. Desacelerar el tiempo de las publicaciones. Aplicar la atmósfera de monasterio al momento presente.

Mi cerebro, además, debe de estar hecho a la usanza antigua, muy antigua. De sólo activarse con impulsos presenciales y directos.

No es que sea una eremita ni que esté en contra del progreso o de las redes sociales en general. Pero el resultado es este frío en el cuerpo que no se me quita. Y el efecto contrario a la pretendida socialización que predican los contactos virtuales: cada vez me cuesta más salir al mundo.

De manera que si, además, dejo de escribir, ¿qué me queda?

Antes creía que escribiendo se me ordenaba la vida, se activaban pequeñas estaciones, textos que explicaban el momento y, al releerlos después de escritos, respiraba tranquila.
Si dejo de escribir no tengo títulos ni capítulos ni secciones. Nada está compartimentado.
Me preocupa estar interesada sólo en alguna que otra lectura. Como si los autores y los protagonistas de las novelas fueran para mí relaciones reales.

Porque me relaciono pero no conecto. Nada me apasiona o me interesa realmente.
Tal vez porque rozo los 50 la seducción ya no existe. No la veo ni la busco. Tanto que me activaba hasta ahora.

Tampoco creo para nada que sea yo un ser especial que no conecta con su tiempo. Vamos, eso de dármelas de interesante y especial por el hecho de no conectar. Como si una fuera especialísima y los demás, pues eso, la masa, lo vulgar, el resto del mundo. Hay quien se las da de interesante con eso.

Para mí es un lastre, una pena, una carga, todo el silencio que busco y que al mismo tiempo me deja seca y vacía.

¿De qué se queja, señora? Cambie su vida si no le gusta.

Para hacerlo hay que llenar un QUÉ. Eso que yo no tengo.
Yo sólo sé rellenar CÓMOS y revolotear inquieta en los enigmas de los POR y PARA QUÉS nunca pero que nunca resueltos.

Y siguiendo en esta línea de resolución de enigmas me preguntó por qué coño cuelgo esto a modo de diario en la red. Precisamente la culpable de mi desbordamiento mental y bloqueo incurable. Pues porque soy una introvertida. Y ayer leía (en la red, claro) que los introvertidos no llamamos por teléfono, que somos más de escribir, de enviar e-mails y de colgar cosas en las redes. Y que no tenemos que sentirnos mal por ser así, introvertida quiero decir.

Vale. Pero es que se me junta la introversión, con el cerebro antiguo, el desbordamiento, el bloqueo, la cincuentena y el exilio.

Por eso. Por eso escribo hoy. Y lo cuelgo (incluso en contra de mis principios sobre la coherencia y todos esos conceptos de rectitud que te dejan los intestinos revueltos por las noches).

Por eso.

Ea, ea, ea... (onomateya que susurra un adulto al mecer un bebé).

PD: lo que rodea últimamente a este cerebro antiguo: Un mundo feliz, de Huxley; Poemas a la muerte, de Emily Dickinson; La carne, de Rosa Montero; Madame Bovary, de Flaubert.

2 comentarios:

  1. Ufff nena, si yo tuviese esa facilidad para expresar lo que siento, seria estupendo pero cada día me cuesta más expresar lo que siento, sera pereza? dejadez?...
    Por eso te pido que sigas escribiendo que a mi me gusta mucho leerte.
    Un beso

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  2. Pues sí, afortunadamente o desgraciadamente, sí. Aeémonos junticas: ea, ea, ea...

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