miércoles, 7 de junio de 2017

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Escribir me hace libre. Es lo único a lo que me agarro en este momento. Voy bien, pues. Porque de lo que se trata es de respirar el ahora. Esnifarlo. En este momento no hay dolor ni dudas. Esta mañana me han invitado a un trozo de bizcocho casero para acompañar el café.  Guai. Mientras, leía que Isabel Allende se ha vuelto a enamorar. A sus 75 años, ella, que se creía ya sola para siempre en una casita en California con su perro, se ha liado con un señor de Nueva York que se lo ha currado. Dice que le escribía e-mails diarios de buenos días y de buenas noches. Y que le enviaba flores. Dichosa Isabel, Allende los mares, que confía y arriesga.  Luego he estado leyendo sobre el ego y la mente y la iluminación. He intentado entender las instrucciones para eliminar el dolor y el derroche mental de la vida diaria. He entendido poco. Porque para entender todo eso hay que utilizar la mente. Total que sí he concluido que todos los problemas de relación (de pareja o sociales o familiares en general) tienen su origen y solución en una misma. Eso sí lo he entendido. Por eso una puede subirse en el columpio de una relación para acabar siempre en el mismo charco. Es normal. Relax, my friend. Be water, como decía aquel. Esa es la única manera de superar los dolores y cabreos. ¿Será que la típica (aparentemente) pasota es aquella que ha entendido cómo vivir desde el Ser y no desde el Ego? También he apuntado que podría (yo) vivir las relaciones como ejercicios, como experimentos. Vamos, sin dramatizar y todo eso. Es verdad. Cuando una ya ha vivido unas cuantas veces con quién se encuentra al final de un aparente torbellino desgarrador  (a una misma, hija, ya ves que aquí estoy otra vez, no hay para tanto, no dramatices), parece que toca soltar lastre y apretar el pulsador. Siguiente. Pero no me decido. Vaya, ahora mismo llueve.

viernes, 12 de mayo de 2017

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Soy adicta. Está claro. Qué será de mí cuando muera mi gato. ¿Existe alguien verdaderamente libre? El afecto es adictivo. Y más el incondional, o sea, el de los animales. El más fácil de retroalimentar. De la existencia, lo que más me agobia es esta necesidad. Tal vez porque preferiría no tener que esforzarme nada.  Eso de fluir sirve para algún momento. Lo  demás es esfuerzo. Y la ley de la compensación.  Y constatemente medir y calcular lo que recibes, lo que das. Siempre me viene a la cabeza un poema de Wislawa Szymborska ("Agradecimiento").  Ya sé que existen los altruistas, los que nunca calculan. ¿Existen? Vivir no es levantarse cada día y consumir vida cotidiana y bla bla bla.  Vivir encierra entender esos mecanismos entre los que nos movemos. Y no quiero generalizar. Hablo de mí. Seguro que hay quien tiene otros parámetros. Afortunadamente para él o ella. La libertad que yo querría se parece mucho a ser inteligente, activa, autosuficiente, fría y resolutiva. Y mientras escribo tales cualidades yo misma me asusto y me escandalizo, supongo que porque soy un ser socialmente domesticado y adoctrinado (eggs!). Pero esa sería, para mí, la única forma de ser libre. Tampoco estoy muy segura de nada de lo que escribo. Ni de lo que pienso. Podría decir miau. Y guau en la línea siguiente. Y todo hablaría de los sentimientos que me produce cada uno de los razonamientos. Contra más vivo más aleatoria me vuelvo.

Otras formas: http://carlotaexnihilo.blogspot.com.es/2017/05/yerro.html



martes, 11 de abril de 2017

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Generalización y ejercicio consciente (jua!)

No me gusta cómo están las cosas. El amor dormido. Las puertas cerradas. La lista recién estrenada de la última vez que hice... Escribir es un bálsamo. Engañar a la muerte que siempre ha estado dentro.  Hacer ver que no pasa nada. Que, mira, ves cuánto aprendo, cuánto asumo. La vida, mientras tanto, sigue pellizcándote los miedos. Estas generalizaciones no me sirven de nada. Esta cara que pongo es la misma que veo en otras gentes. Cara de ahora no puedo porque me supera todo este miedo, todo lo escondido. No sé cómo se hace para reír como antes. He salido a escuchar atentamente ruidos en la calle. Para estar presente. Por eso del ahora.  Para romper la cadena de acciones compulsivas. Para callarme por dentro. Para confiar. Para confortarme. Para nada. ¿Para qué?

Post-reflexión


Es una putada esta soledad que me obliga a ser yo. Desnuda de otras gentes. Es más fácil vivir adosada a otro cuerpo. Hacer listas de cosas, dar besos, criticar al otro, llorarle, gritarle, reírle, comprarle ropa, dar paseos, aburrirse, pensarle, oírle, querer que no esté, echarle de menos. Eso te mantiene ocupada los días. Que luego son años. Cuando piensas lo del sentido de la vida en seguida se te pasa. Lo abrazas en la cama y la vida parece inacabable. Es más fácil. Vivir adosada a otro cuerpo hace que te olvides.

martes, 21 de marzo de 2017

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“No es tanto cuando aparecen los hombres sino cuando aparece el amor; 
cuando el otro comienza a formar parte de ti,  altera tu identidad” 
(Entrevista a Marian Izaguirre, Cuando aparecen los hombres).

Podemos ser diferentes versiones de nuestra yo a lo largo de la vida. O tal vez alternar una dualidad: el yo individual, no dependiente, y el yo adosado, el que cede o se altera en el juego de dar y recibir.

Estar enamorado es estar algo secuestrado. Siempre lo he creído. Desde la distancia no soporto el recuerdo de la enamorada que fui. Y lo mismo me vale cuando el enamoramiento se transforma en “esta es mi pareja”, en el aumento del prestigio social que parece ir asociado con la frase “mi pareja y yo” viajando, comiendo, cenando con amigos, en un recital, en unas vacaciones... La tú que eras antes va desactivando aspectos de sí misma. Prefiero este ser individual que siente verdadero afecto por el padre de mis hijos. Con el que ahora un abrazo o una caricia es únicamente eso, ese significado denotativo, sin doble lectura, sin pagos o sin derecho a contrapagos. Lo demás me parece anecdótico.

Los momentos de crisis y caos emocional intenso a lo largo de la vida no han hecho sino reafirmarme en valores que siempre van más allá del sexo y el deseo. A  la hora de la verdad, la carne se queda corta. Epidermis. Superficie.

Es cierto que también puede ser que, en el fondo, nunca me haya enamorado de verdad. Enamorarse en el sentido  de librar los sentidos generosamente y ver al otro como un ser casi mitológico. Es cuando hablamos de hadas y piratas, cuando utilizamos el lenguaje de las gestas y de las leyendas. Cuando todo es piel y aire y nubes y cerezas y naranjos en flor. Este ejercicio psicológico y aeróbico, este paseo de hormonas y fluidos, ha llegado a cansarme.

Acabada una relación,  llega el suspiro hondo y la recuperación de la propia agenda, una tarde entera regodeándote en todos tus defectos,. Hostia, por fin, aquí estoy yo de nuevo!

Alégrate, por tanto, de no ser mi objeto de deseo porque la que tienes delante, esta yo, no tiene trampa ni cartón. Pura hormona premenopáusica, sin interés oscuro. Aquí, intentando entender, aprendiendo de lo que leo, de lo que escucho, de las actitudes de los que han vivido más que yo. Aquí, aceptando.

Esto es lo que escribo hoy. Mañana, quién sabe si no escribiré poemas. La gracia es este no saber. No saber nada. Decir blanco hoy y negro mañana.Y gris los días pares. Perfectamente imperfecta. Como debe ser, contradictoria.Lo contrario sería haber llegado al fin. Creo. Aunque no estoy segura. 

viernes, 10 de marzo de 2017

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Que dicen que los suecos se pierden en los bosques, con esa manía de hacerlo todo solos. Cuántos suecos perdidos. Es como si llegaran a mi provinciana ciudad de regreso un domingo por la noche. Todo está solitario, cerrado y oscuro. Hay hasta casi silencio en las calles. Todo se vuelve muy sueco a mi alrededor. Independencia y soledad, dos caras de la misma moneda. Y a mí que me tira tanto el norte... desde que un amante que tuve llegara con un catálogo de sus pinturas inspiradas en Nordkapp bajo el brazo. Que tengo de libro de cabecera a un noruego inadaptado afincado en Suecia. Libro recomendado por un no sé si amigo poeta también algo sueco, con el que no alcanzamos nunca a comunicarnos desde el centro, porque no vaya a ser que nos gustemos, menudo problema.

Le doy vueltas a esta carrera ascendente hacia la independencia... personal. Una misma como centro del mundo, como su mejor y único proyecto, el viaje solitario hacia la felicidad, la liberación de las relaciones interpersonales ... y los suecos perdidos. Y lo sueca que soy.

Y otros articulistas de cabecera como Rosa Montero que hacen elegías de lo sencillo a diario. Homenajes a las pequeñas vidas que somos cada uno. Esta pequeña vida que tengo en las manos y que diariamente se convierte en un gran dolor, una gran tristeza o un gran pasar pasar pasar el tiempo.

Josep M. Pou, reconocido actor de teatro, declara en una entrevista: “Vivo sin anclarme ni física, ni mental ni sentimentalmente. No tengo domicilio fijo, ni ideas fijas, ni pareja fija. Siempre en el camino con la maleta a punto”. Lo leo y me produce angustia, lo noto. Parece sueco también. E inconsistente. Como a punto de fundirse con el universo. Y me parece que él sí está cerca del no sufrimiento. Porque toda esta teoría sueca del individualismo y la poca interdependencia, todo eso, era para ir en busca de la felicidad. Pero dicen que los suecos mueren solos. Y parece que no es bueno.

Leo también a otro conocido que quiere alas en lugar de raíces. Que grita lo libre y viajero que es el ser que habita. Que dice que son ellas las que quieren el nido y las rejas. Otro café que tengo atragantado. Pero yo vuelvo siempre a su bitácora. Porque yo no quiero ir en busca de la felicidad. No quiero ser sueca. A mí, directamente, me gusta sufrir. Ponerme de bandera lo que nunca voy a poder ser y creer que eso, eso sí que es lo bueno.

miércoles, 22 de febrero de 2017

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Todas las mañanas tropiezo en la misma acera mal adoquinada. Me tuerzo el pie, suele ser el derecho, pero no me lo disloco. Soy afortunada. Es de noche todavía y corro la verja de hierro. Ficho y saludo  al personal de limpieza. Tengo sueño y pocos sueños, apenas ninguno. He llegado con niebla. No me imagino la conducción en los años en que no existían las líneas laterales que marcaran el arcén en las carreteras secundarias. Qué fácil ahora. Todos los nadies encerrados en nuestros vehículos. Con nuestro sueño, nuestra tristeza, nuestra extrañeza al escuchar a la estrella de la radio que nos pone al día y que parece feliz, nuestro enojo al encontrar caravana, nuestro alivio si vamos en soledad gastando el asfalto, nuestro ambientador de última generación. Leo que si cambio mi conversación cambio mi mundo. Voy. Es maravilloso vivir. Cada día es una experiencia única. Estoy locamente enamorada y a su lado soy mi mejor versión. Cömo entiendo a Risto, qué majo es. Estoy preparando un vídeo con mi “mío, mío, miísimo” en el que expreso claramente que es mío pero no, porque no soy nada posesiva, él elige ser mío y sabe que tiene la libertad de irse cuando quiera, aunque me duela. Qué  maravilloso vivir. Asumo y entiendo cada aprendizaje. Agradezco. Todo lo que me pasa es un regalo. Practico la consciencia plena. Cuento las líneas de los pasos de cebra, intento no pisarlas, pero no soy obsesiva compulsiva, es por el Mindfulness. Qué bonitas las aceras pintadas, las ramas caídas, los chicles pegados, las cacas de perro.Ahora entiendo al chico raro de American Beauty. ¿Te gusta el fútbol?, me pregunta el usuario (qué bonita palabra) al que atiendo en este momento. ¿No te has dado cuenta?, mi nombre!, me llamo como el jugador del Madrid, sí, James, James Rodríguez, pero yo soy del Barça, eh? Mira, te enseño una foto de mi mujer y de mi hija. Muy guapas, digo. La conocí por internet. Cuando me vio en persona se enfadó porque le había contado algunas mentirijillas pero luego me perdonó. Qué bonita tu historia. Y no, no me gusta el fútbol.

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Juan Sin Nombre followed you on instagram. 73 friends are on instagram. Y yo que pensaba que me había dado de baja. Juan followed me  pero Juan nunca me llama. Y seguramente Juan no sabe que followed me. Recordatorio: tienes un evento esta semana, Presentació del llibre Des del balcó, de Teresa Muñoz.Hay mucha gente que cumple años. A mucha gente le gustan o le encantan asuntos muy diversos. Nunca antes había habido tanta gente gustosa y encantada.

He llegado a la conclusión de que las redes sociales y la virtudalidad en general agravan las sociopatías. La comunicación en internet es para los extrovertidos. Todo lo demás puede revertir en frustración, soledad, estrés, soledad, información mal digerida y peor entendida, soledad, agobio, soledad, alguna alegría, soledad y, yendo al extremo, desdoblamiento de personalidad y otras patologías.

Todo lo que acabo de escribir parece que todo el mundo lo sabe y suele ser una entradilla habitual en facebook. Y se nos llena la boca de lo bonito que es estar desconectado y atender al que tenemos delante tomando un café. Pero no acabamos de dar el paso. Tal vez nos damos de baja un tiempo pero , en general, volvemos al redil, temerosos de perdernos algo, de no estar al día o, en mi caso, de agravar mi introversión.

En cualquier caso, concluyo que la única solución es la desconexión. Evito así la frustración, el estrés, la información mal recibida y peor entendida y el alimento de una futura personalidad disociada. Me queda, eso sí, la soledad. Pero a secas, sin elevarla a la enésima potencia.

viernes, 13 de enero de 2017

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Feroz como el lobo es el aburrimiento. La falta de amor, según Cristina Peri Rossi. Ella dice que el amor nos descubre nuestra fragilidad y que para eso, para dejar las venas al aire, hay que ser muy valiente. Qué aburrida estoy. Karl Ove Knausgard tiene un físico de esos que me descubriría fragil. Con el que el aburrimiento se convertiría en montaña rusa y desasosiego (creo). Pero es su mente, sobre todo, la que voy descubriendo al leer La muerte del padre. Yo no he leído a Proust, sinceramente, pero dicen que va en la línea de su En búsqueda del tiempo perdido. Da igual. Sea como sea, leo la mente de Karl Ove. Cómo siente la vida. Cómo le duele. Cómo busca. A veces me sobran algunos de sus recuerdos. Veo en él a muchos de mis compañeros de juegos de infancia y adolescencia. Sus intereses musicales, la rebeldía. Me retrotraigo a mis 14 y entiendo lo que debían pensar los chicos de mi entorno. Lo veo claro. Karl Ove es de verdad. Para mi gusto se explaya demasiado en recuerdos. Aunque su prosa es rápida y fresca, creo que podría serlo más. Pero ahí sigo. En busca de la historia. Siempre me atraen las descripciones de los paisajes internos. Es lo que me importa. Por lo demás, es enero. No he hecho propósitos. Me parece vulgar e inútil. No porque sea enero descubro que debería cambiar rutinas. Eso lo sé hace tiempo. Pero no quiero. De momento.

viernes, 16 de diciembre de 2016

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Soy bobaryniana. Este carácter tan tendente al sentimiento, que no al arte (o a la razón) me hace así. Debo entenderlo. No me interesa nada que no vaya directamente al alimento del corazón, la casa de las emociones. Debo entenderlo. Y aceptarlo. Si es que quiero rozar en algún momento la felicidad, la plenitud. Y no acabar, en todo caso, como Emma. En la Universitat de Girona ofertan un curso titulado “Ser feliç és una feinada. O no? Filosofia de la felicitat”. Me cae un poco lejos, que si no... A lo que iba. Lo intento. Planeo viajes, pateo exposiciones, pseudoescribo. Hasta mi  forma de leer me delata: voy al tuétano, al origen del conflicto, del sentimiento, a la historia sin ornamentos que me quieran contar en ese momento. Lo siento pero no me fijo en la forma. Me interesa poco el lenguaje. Yo voy quitando escombros y me quedo con la piedra gris, sujeto, verbo, complemento (si fuese necesario). Sujeto. Verbo. Y efecto. Qué le voy a hacer. Soy bobaryniana.

jueves, 1 de diciembre de 2016

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Cómo no veo amantes que se besen en plena calle. Ni atrevimientos. Ni declaraciones a fondo perdido. Sí están los colores del otoño, que no es poca cosa. Los ocres y también el rojo que desaparecen cuando sea mañana invierno. No veo embarazadas. Todos los anuncios son de Indasec . Creo que nos ven desde el otro lado de la pantalla. Y pronto hablaremos en nuevalengua porque argumento una opinión pero también la contraria. Y como en la distopía de Orwell reescribimos la Historia y un ministro franquista protagoniza un culebrón edulcorado.  Aunque ya había antecedentes con la nietísima en la cima de la prensa rosa. Pido un café con leche en vaso largo. Había un jabalí destripado en un banco del paseo. Necesito aferrarme a algún calor antiguo. Las zapatillas y la bata. Hago un flan de huevo. Esto no es lo que había imaginado. Mañana a las 6.40 otra vez. Sin protestar. 

viernes, 25 de noviembre de 2016

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Mutará la voz. Lo estoy notando. Igual que crece la desconfianza. Con todo el ruido externo escribimos TQM, XD, OK, y mutilamos las palabras, evaporamos los signos de puntuación. Este código que me deja tan fría. Desaprendemos el correcto manejo de la adecuación del mensaje al receptor. Y enviamos iconos amarillos que regalan corazones al recién conocido, a tu jefa. Por eso no sé besarte si te veo. Tanto derroche de amor digital, tanta inadecuación de tanto signo. Se me ha enredado el abrazo hacia adentro. ¿Te das cuenta? Ya no sé hablar en las primeras citas. Mutará la voz. Será una reliquia. Habrá aldeas de salvajes como en un mundo feliz. Con perfecta dicción declamarán a Shakespeare. Organizarán safaris para oírlos. Estos últimos días se me atascan las palabras. Tengo restos abortados en las encías. Serán los ojos nuestra última esperanza. Y eso que no quería acabar con esta palabra, que muerde a derrota.

jueves, 17 de noviembre de 2016

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Hay quien usa el cuerpo lo justo. Como mucho lo adorna para las transacciones diarias que lo ocupen. Soy el tipo del sombrero. O la de los labios rojos. Y ahí se queda. Como un cuadro.  Cargando continuamente programas internos.  Hablando hacia adentro y hacia afuera. Mientras el cuerpo se sumerge en sus propios sueños.  Porque un cuerpo es como un perro. Le gusta saltar, sacar la lengua, olisquear y morder y subir y bajar y agotarse hasta dormirse. Lo hace sin pensar, sin prevenir, sin esperar, sin prometer. Sencillo el cuerpo como es. Simple. Directo. Egoísta. Agradecido. A veces establece patrones, practica rituales, desenfunda pistolas y se ríe. Nada es trágico para la materia. Por eso no es bueno creerse las definiciones o aplicarle a los dedos los traumas aprendidos por los otros.

jueves, 20 de octubre de 2016

Tampoco hace falta que nos pongamos a escribir todos. Hay demasiados textos que nos ensucian el camino, que no aportan nada. Leo a menudo en la contra de La Vanguardia que nuestro cerebro no está preparado para asimilar tanta información. La cosa cambiaría si llevara incorporado un RSS. O tal vez no. Es tanta la comunicación insulsa que se cuelga en las redes. Desbordada estoy. Y no avanzo. Sé que es en mí un tema recurrente.

Tal vez por eso me encanta revisitar El nombre de la rosa. Volver a los manuscritos. Desacelerar el tiempo de las publicaciones. Aplicar la atmósfera de monasterio al momento presente.

Mi cerebro, además, debe de estar hecho a la usanza antigua, muy antigua. De sólo activarse con impulsos presenciales y directos.

No es que sea una eremita ni que esté en contra del progreso o de las redes sociales en general. Pero el resultado es este frío en el cuerpo que no se me quita. Y el efecto contrario a la pretendida socialización que predican los contactos virtuales: cada vez me cuesta más salir al mundo.

De manera que si, además, dejo de escribir, ¿qué me queda?

Antes creía que escribiendo se me ordenaba la vida, se activaban pequeñas estaciones, textos que explicaban el momento y, al releerlos después de escritos, respiraba tranquila.
Si dejo de escribir no tengo títulos ni capítulos ni secciones. Nada está compartimentado.
Me preocupa estar interesada sólo en alguna que otra lectura. Como si los autores y los protagonistas de las novelas fueran para mí relaciones reales.

Porque me relaciono pero no conecto. Nada me apasiona o me interesa realmente.
Tal vez porque rozo los 50 la seducción ya no existe. No la veo ni la busco. Tanto que me activaba hasta ahora.

Tampoco creo para nada que sea yo un ser especial que no conecta con su tiempo. Vamos, eso de dármelas de interesante y especial por el hecho de no conectar. Como si una fuera especialísima y los demás, pues eso, la masa, lo vulgar, el resto del mundo. Hay quien se las da de interesante con eso.

Para mí es un lastre, una pena, una carga, todo el silencio que busco y que al mismo tiempo me deja seca y vacía.

¿De qué se queja, señora? Cambie su vida si no le gusta.

Para hacerlo hay que llenar un QUÉ. Eso que yo no tengo.
Yo sólo sé rellenar CÓMOS y revolotear inquieta en los enigmas de los POR y PARA QUÉS nunca pero que nunca resueltos.

Y siguiendo en esta línea de resolución de enigmas me preguntó por qué coño cuelgo esto a modo de diario en la red. Precisamente la culpable de mi desbordamiento mental y bloqueo incurable. Pues porque soy una introvertida. Y ayer leía (en la red, claro) que los introvertidos no llamamos por teléfono, que somos más de escribir, de enviar e-mails y de colgar cosas en las redes. Y que no tenemos que sentirnos mal por ser así, introvertida quiero decir.

Vale. Pero es que se me junta la introversión, con el cerebro antiguo, el desbordamiento, el bloqueo, la cincuentena y el exilio.

Por eso. Por eso escribo hoy. Y lo cuelgo (incluso en contra de mis principios sobre la coherencia y todos esos conceptos de rectitud que te dejan los intestinos revueltos por las noches).

Por eso.

Ea, ea, ea... (onomateya que susurra un adulto al mecer un bebé).

PD: lo que rodea últimamente a este cerebro antiguo: Un mundo feliz, de Huxley; Poemas a la muerte, de Emily Dickinson; La carne, de Rosa Montero; Madame Bovary, de Flaubert.

viernes, 15 de julio de 2016

Es tan fácil alimentar la rabia y la amargura. Pero somos chicas listas y lo reconocemos. Ponemos remedio a tiempo. Voy a hablar en singular (que acabo de hacer un curso de competencias emocionales y habilidades comunicativas).  Pongo remedio. Me digo, frena chavala, que se te verá el llautó. Nadie quiere a una amargada. Pero es tan fácil alimentar al monstruo. A mí no me ayuda nada, la verdad, la falsedad comunicativa de las redes. Sigo añorando tanto a mi abuela, a la que, todo sea dicho, no aprecié lo suficiente en vida. Cómo valoro ahora su mundo, su risa, sus ganas de hablar con las vecinas, su llamar a todo el mundo por su nombre de pila y comentar cualquier cosa. Pero no quiero desviarme. Es tan fácil engordar nuestras –mis- debilidades. Dicen que no soportamos en el otro precisamente aquello que somos en realidad, lo que no nos gusta de nosotros. El rollo ese de la teoría del espejo. Y llego a la conclusión de que yo debo de tener un ego superlativo que castro antes de que nazca. Porque la verdad, la puritita verdad, es que no soporto la egolatría que campa  en las redes. Y, además de egocéntrica, debo de ser masoca. Porque quién me manda a mí pasearme de post en post cuando lo único que consigo es aumentar la lista D de mi informe DAFO de vida personal. Como muestra de este retorcijón de entrañas que me pillo a cada desplazamiento por mi móvil en la aplicación del siempre adolescente Mark Zuckerberg, un inocente comentario de un poeta de esos que escriben en los bares. El señor, en medio de una perorata sobre su participación en no sé qué feria del libro, se refiere a un sector determinado de mujeres con un circunloquio aparentemente inocente. Viene a decir el magnífico escribidor que está hablando de ese tipo de mujer lectora que ya no es joven pero que no quiere dejar de soñar. Sí, queridas, ese tipo de mujer que él define como “mujer con mucho mundo interior”. Y que conste que me gusta la poesía de Karmelo Iribarren. Pero me pilla muy mal su inocente comentario, seguramente exento de malicia y no creo que vaya insuflado tampoco de ironía, lo digo sinceramente. Pero yo hablo de mí (como no podía ser menos porque no hay que perder de vista que soy una egocéntrica camuflada que me cabreo con los espejos que se me ponen delante). Y como hablo de mí, digo que este comentario me ha sentado muy malamente. Y no por el aburridísimo y cansino y eterno debate entre feminismo y machismo. Qué va. Hace tiempo que YO he dejado de ver el mundo dividido entre el punto de vista femenino y todas esas memeces. Porque alimenta también mi lista D (de rabia, amargura y cabreo me da igual ibérico que independentista) cualquier otro comentario vertido por una mujer del tipo “bienvenido sea el hombre que te trata como una princesa, que es lo que te mereces y bla bla bla”. Y no acabaré esta reflexión con el típico “así nos va” que deja el discurso en alto  y al lector en actitud rumiante, digo pensante. Lo acabaré dejando abierto un tema que me reconcome hace tiempo (y que no tiene nada que ver con la anécdota de la reflexión anterior ni con Karmelo, al que considero un buen poeta): ese uso indebido que hacemos de algunas palabras, ese abuso de determinado léxico que no se ajusta al significado real del referente. Poeta, según el DRAE: “persona que compone obras poéticas, dotada de gracia o sensibilidad poética”. Poetastro: “mal poeta”. Escribiente: “persona que tiene por oficio copiar o poner en limpio escritos ajenos o escribir lo que  se le dicta”. Escritor: “persona que escribe”. Escribidor: “escritor prolífico".De manera que, a mi entender, andamos sobrados de escribientes y escritores y no le van a la zaga los escribidores. De poetas, haberlos, haylos, pero no tantos como poetastros. En fin, por favor, usemos bien el lenguaje. Sigo con Jaime Gil de Biedma y sus diarios. Sí, sí, con Gil de Biedma. Él era un poeta. Yo no. ¿Y tú?

jueves, 14 de enero de 2016

Con este ataque de introspección agudo casi crónico, he recortado mi vida social, he dejado de ir a mis reuniones de poetas, apenas ceno con las chicas. Y creo que va a ir a peor. Lo noto. Ahora voy como loca con el mando buscando debates de investidura. Me pone muy burraca el nuevo, con su posat informal. El traje le queda torcido, el pelo es como el de un profe progre de la uni. Estoy enganchada. Perdida. Esperando el próximo discurso. Recita poemas de amor de poetas turcos en la toma de posesión. Aquel tipo de amor en que lo mejor siempre está por venir. Si yo hubiera leído el poema en mi soledad patológica crónica, sin el filtro de su pelo al viento, "el més bonic del mar / és allò que no hem navegat", me hubiera salido mi vena ceniza y habría pensado: ¿pero no se trata de vivir siempre el presente, que el futuro no existe? Pero me lo dice él y se me desactiva la ironía. Ya no disfruto con mis lecturas pendientes. Quiero más discursos llenos de poesía, pensadores y conflictes remença. Este hombre es peligroso. Es culto, inteligente, sensible pero firme y transmite, traspasa. Ah! y tiene sentido del humor. Ya sabéis, aquello de que lo que nos gusta es que nos hagan reír. A los que se lo toman todo muy en serio no les va este zoos politicon con aires de romántico (a mí ha llegado a recordarme al protagonista de Orgullo y prejuicio en su aspecto físico, lo que son nuestras conexiones subconscientes). Pero yo no hablo de ideales o de creencias o de patrias. Ni de planes de gobierno a priori inasumibles. Hablo de ese click en el que algo o alguien traspasa y llega. Yo hablo del simple sentir. La cultura siempre ha de traer algo bueno.  A Nazim Hikmet, por ejemplo, en las búsquedas de google.

jueves, 31 de diciembre de 2015

He vuelto a revisitar Ana Karenina (me lleva este inicio de texto a la frase inicial de Rebeca: "anoche soñé que volvía a Manderley", son aquellas repeticiones que se han grabado en nuestra memoria y que a veces nos invaden, como el anuncio de chicle dental que asalta a la protagonista de Inside). Así vuelvo yo a la novela de Tolstoi. Pero esta vez mis ojos no pueden apartarse de Seriozha, el hijo de Ana. Qué fue de él, me pregunto. Y es que nuestros actos siempre tienen consecuencias que no podemos prever ni imaginar. Y también es cierto que en cada momento vivido nuestros sentidos se encuentran concentrados y limitados, normalmente, en una vivencia concreta. A toro pasado es injusto cuestionar si se debería haber actuado de otra manera. Nuestros o actos, o nuestra parálisis, tienen un efecto energético. Sólo por estar aquí, cualquier leve movimiento de pestaña, tiene importancia. Me va bien recordarlo. Saber que estoy aquí, a veces a mi pesar, y que sería distinto algo si no estuviera. No sé dónde he leído (o sí, pero no quiero decíroslo) que el campo electromagnético que genera nuestro corazón tiene un radio mensurable de unos ocho metros. Me pareció una frase preciosa. Tan poética. Pero en mi parón vital y creativo no he sido capaz de producir nada, salvo estas líneas inconexas, lo que hago últimamente. Fue tan poco libre la mujer de Alexei Karenin. Siento que va más allá de la época que le tocó vivir, es una manera de entender la pasión. O el amor. Estar pendiente de él es no ser libre. Y eso me fastidia más que la supuesta soledad a la que pudiera estar condenada. Lo cierto es que venimos aquí, creo, con unos parámetros ya marcados y difícilmente modificables, por mucho que se empeñe la inteligencia emocional. Tal vez a eso se refiera Gil de Biedma cuando dice:"Aunque sea un instante, deseamos / descansar. Soñamos con dejarnos." No sé dónde he leído que vocación significa que en nosotros hay una llamada, un destino. Sí sé que Gil de Biedma la considera como "el nombre que le dimos a nuestra dignidad" y, en definitiva, "un desolador deseo de esconderse". Como yo tras estas letras este treinta uno de diciembre, a las puertas de cumplir mis cuarenta y todos. Pensando en estos días llenos de espinas. En la crueldad de unas fiestas que hacen que nos demos de bruces con nuestra parte individual y nuestra parte social. Para descubrir, y aceptar, que nunca eres ni has sido el alma de ninguna fiesta y que no llevas muy bien eso de sentirte aparte, incluso de ti misma. Me quedo mirando los comedores sociales que nos muestran en los telediarios, la iglesia abierta 24 h del padre Ángel. Y sé que no soy esa persona que está allí pero me siento como si lo fuera y eso me da miedo. El amor es un filtro, un paracetamol. Mientras andas ocupado en eso no has de afrontar las grandes preguntas. Te crees que en realidad vives y que, como dice Gil de Biedma, "la vida es más que esta pausa inmensa".

domingo, 8 de noviembre de 2015

Hello it's me

El perdón se me presenta de forma recurrente. Como herramienta y como único camino hacia una cierta alegría. El perdón y toda la filosofía que lo envuelve. Lo leo en los estados del wasap de algunos contactos. Si yo cambio el mundo cambia. De hecho, hasta los economistas emocionales hablaban ya de aplicar este hábito al principio de la crisis. Déjate de juzgar -a los otros, a ti- y actúa aceptando. Como partes del todo, sólo podemos modificarlo desde dentro hacia afuera. El inmovilismo, la culpa, la ira, el rencor, el enrocarse en uno mismo, han de caer por su propio peso. El perdón. La comprensión. La compasión. Y el difícil equilibrio de decir no. De no pasar del ostracismo a la aceptación absoluta sin ningún criterio. Lo sé, hasta aquí me leéis espesa. Lo estoy. El perdón me persigue. Adele saca su nuevo hit y pide perdón a su antiguo amor. Me pregunto si será el mismo que la llevó a juicio para reclamarle pasta por airear su historia de desamor hace ya tres años. De dentro hacia fuera intento convertir los mecagons en voy a contar hasta diez porque seguro que si tengo esto delante algo tendrá que ver conmigo. Y me viene a la cabeza otra Adele, cuya vida me volvió a dejar del revés ayer. La Adèle despeinada que nos presentó hace dos años en Cannes el director argelino Abdellatif Kechiche. En general, a parte de los premios y las alabanzas, se hicieron famosas las críticas por el sexo explícito entre las dos mujeres y se venía a decir que no mostraba el amor desde el punto de vista de dos mujeres lesbianas, sino que lo que había hecho Kechiche era desarrollar su propia fantasía machista y heterosexual. Pues no sé. Y tampoco me importa. Porque a mí, lo que me revolvió de verdad fue la angustia vital de Adèle desde el minuto uno que va in crescendo hasta el final. Angustia vital degenerativa e incurable. Adèle es esclava de su manera de amar: a lo bestia, como si no hubiera nada más importante en la vida. Como si eso que la hace vivir (y la mata) fuera el único sentido de su existencia. Entre medio, es verdad que nos hablan de la homofobia, de las familias tradicionales y castradoras, del error de entregarse y adaptarse a la pareja llegándose una a convertir en sombra, en polvo, en nada (como diría Quevedo). Y podríamos discutir sobre si se refleja bien el amor lésbico. Pero a mí eso no me importa. Creo que ya lo he dicho. A mí sólo me llegan los ojos de Adèle, su angustia, su pelo despeinado, su sonrisa tímida. Y esa forma de amar que no ha encontrado respuesta. Como dice Adele, la otra, la inglesa, hello from the other side.

domingo, 18 de octubre de 2015

Hoy es octubre (si el blog de carlota fuera inteligente como facebook, me recordaría que hace equis tiempo escribí este poema: elijo octubre) y esto de aquí abajo (en cursiva) lo escribí en enero, parece. Lo recupero. Hay sensaciones perdurables:

Llegará febrero y me desnudará el sol. Siempre es así. La niebla de enero hace más llevadera mi pose de hace usted bien ignorándome porque en realidad nunca he estado aquí. No creo que las palabras sean nuestros muros. Son las no miradas. El ego que nos domina. La poca curiosidad. Luego lees lo que alguien escribe y entonces le miras de otra manera. No. Le miras. Simplemente. Me parece un pecado malgastar un sábado por la mañana estudiando leyes de función pública. Me parece obsceno. Miserable. Ridículo. A mí me hubiera gustado dedicarme a vender pintalabios o cremas faciales. Cocinar muy bien y con mucho amor. Ser feliz sirviendo a los míos. Ser muy cariñosa, risueña y alegre. Y sociable hasta el infinito. Pero no. Me gusta hacer yoga o pilates. Mirada al frente, ojos cerrados, espacio definido intraspasable. Mi elasticidad. Mis abdominales. Los crujidos de mi espalda. Aunque sé que el mar está ahí fuera, a veces lo he visto. Se me hace largo este bloqueo. Confío. Me levanto. Y ando.

Hoy he leído otra entrevista a Viggo Mortensen (suplemento de El País, hay que ser buena chica y citar las fuentes). Polifacético, solitario, pero no solo. Productor y actor de cine independiente. He de ir a ver su última peli: Lejos de los hombres. Viggo se inspira en El invitado, de Albert Camus. Y en la entrevista habla de la personalidad de Camus. Y de la suya. Tendente a decir lo que siente y piensa, sin dejarse arrastrar por una ideología que lo justifique absolutamente todo. Cada vez me gusta más Viggo. Tan solitario, pero no solo.

Otro artículo que habla de cómo sentirse bien. Y que recupera la frase "si tú cambias, todo cambia", de Hermes Trimegisto y El kybalión. Y los siete principios. "Como es arriba, es abajo" y viceversa... Muy bien. Pero hoy es domingo. Eso no cambia. Si tantas vueltas le damos a eso de sentirse bien, a vivir en positivo, a no caer en el vacío. Y recurrimos a los clásicos. Y a Oriente. Y dale que dale a los entrecomillados en facebook. Será que concretar no es lo nuestro. Vamos, que vivo en una gran abstracción. Llena de no sé. Y vuelta a empezar. Pero mañana.

He hecho un amigo nuevo, Marwin. De momento no me habla. Veo que me entiende. El silencio siempre me acompaña.

He recuperado uno antiguo. De mi época universitaria. Nos escribimos e-mails. Sigo pensando, como en enero, que somos lo que escribimos. Cuando caminamos, comemos, hablamos, no miramos, no amamos, no seducimos, no nos importa, etcétera,  entonces... somos meros autómatas.  Porque, claro, hay pocos que practiquemos el vivir consciente. Aunque no sé si se trata de eso. No creo que ninguno de mis antepasados más recientes se plantearan nada de lo que estoy diciendo. El bienestar excesivo, como la limpieza excesiva, acaban destruyendo la vida (y la flora bacteriana).

miércoles, 3 de junio de 2015

Hay botellas por el suelo. Y todas las drogas sintéticas y peripatéticas que nunca se ha tomado. Lo mismo que en las nubes. En las nubes se descojonan las mil caras de sus periodos vaginales. Nunca una compresa se baña dos veces en la misma sangre. Cada día una cara nueva en el espejo. Los sentidos engañosos, la percepción como quien responde una pregunta con otra y se interesa por la vida y milagros del preguntón. Estrategias de despiste. Como el alpiste del pájaro estático entre las rejas. Bajo tantas capas muertas: las botellas, las drogas, los enésimos euros gastados en compresas, su cabreo, su rabia, sus limitaciones, su vaciarse en esta nada llena de cosas y tiempos y dimensiones y los ojos de los otros lejos y los suyos, con las pestañas haciéndole cosquillas al cerebro. Y la tercera dimensión, tan sobrevalorada.

lunes, 13 de abril de 2015

O el rey Arturo o nada. Más que el Richard Gere-Lancelot, inestable, sufriente, desolado, me quedo con el rey Arturo- Sean Connery. Elegante, sabio, de vuelta y, por tanto, firme. No es que lo desee, tampoco. Pero si alguien me pone y traspasa la pantalla de “El primer caballero” es el más que maduro rey Arturo (me ha salido un pareado). Y qué?- alguien puede preguntarse al leer esto. Pues nada, me ha venido a la mente esta mañana y, por tanto, lo suelto porque me apetece. También podría hablar de Felipe González, entrevistado ayer por Pepa Bueno. Cumpliría el perfil maduro del rey Arturo de que hablo. Ca!! Nada más lejos. Distante, resabiado y poco simpático. Una decepción este hombre de la transición que se ha autoerigido en la voz de la experiencia desde una cómoda posición que poco tiene que ver con la austeridad. Sí estoy de acuerdo en su comentario acerca de Podemos, del que no entiende por qué no defiende abiertamente su propuesta bolivariana. Ante esa ambigüedad, me quedo con Willy Toledo, que sí que habla claro. Y, claro, los tertulianos rancios tienen los cojones de preguntarle en qué país vive cuando habla de pobreza, pobreza y más pobreza y de lo difícil que es expresarse con libertad últimamente por la calle. Toda mi admiración por las personas, como Willy, como Joel, cuyo epicentro es la lucha social y el interés por las personas. El mío es entender y torear mi entorno más inmediato. Y, sobre todo, superar la certeza de que una, de aquí, no va a llevarse a nada. Pero nada, nadita, nada. Y con esa premisa, encima, vivir el momento. Y con alegría. Tengo trabajo. Mucho.

martes, 3 de febrero de 2015

Esta noche he estado en una playa, se me ha muerto una langosta y tenía alquitrán en mis dientes superiores. Esos que sonríen cuando estoy despistada. Las playas que sueño me las encuentro siempre en un rincón de un paseo de un pueblo con encanto. Pateo calles de piedra y, de repente, al girar una esquina, tras un gran muro, el océano infinito. Aterrador, aunque está en calma. Pero me preocupa que la resaca de las olas provoca suavemente que el agua va llegando a la calle más alta del lugar. Me mojo las zapatillas. El agua no es feroz pero sí continua. No debería estar allí. Y, como dicen que en el universo todo está desdoblado (las galaxias, los planetas, los seres humanos y las partículas), se ve que mi doble ondulatorio calzaba esas zapatillas mojadas esta noche, mientras mi estado corpuscular sudaba en la cama y se acurrucaba en la peor de las posturas fetales, de esas que me dejan resaca ósea para todo el día. Y yo me pregunto, según esta teoría del desdoblamiento, y de las excursiones nocturnas de mi yo ondulatorio, ¿es un futuro potencial ese pueblo costero con encanto y mar fuera de los márgenes? ¿qué información para construirme una vida mejor me ha traído esta noche mi yo ondulatorio “zapatillas mojadas”? Procesando.

lunes, 26 de enero de 2015

Lista de cosas que querría hacer:

-          seguir leyendo novela negra para uso y disfrute (solo por eso, luego olvido títulos y autores y si te he visto no me acuerdo, salvo raras excepciones).
-          ponerme un horario y empezar a estudiar de una vez las oposiciones (me va a pillar el toro, pero no tengo ningunas ganas, me aburre soberanamente el tema económico, tributario, la contratación administrativa, la estadística, la gestión pública y la transparencia como tema de moda, no sé por qué me dan arcadas cada vez que lo intento).
-          cocinar (sin comentarios).
-          caminar por el mundo, ir de excursión, buscar algún grupo (cómo se hace).
-          ser más sociable, erradicar el sentimiento de sentirme extraña o extranjera allá donde voy, intentar interesarme por la gente con la que comparto espacio (no tengo ni puta idea de cómo se hace esto).
-          erradicar sobre todo la sensación de no estar haciendo lo que debería hacer o de no estar donde debería o de no sentir lo que debiera, o, o, o ...
-          en caso de no conseguir nada de lo anterior, quererme mucho muchísimo porque yo soy lo más importante de mi vida y blablabla y decirme cuánto me quiero (como la pera al pero) cada vez que me venga el bajón.

Desde este momento de vacío y aislamiento en el que me encuentro –que dicen que es tan nutritivo como una hidratante nocturna en lo que se refiere a la evolución personal y el crecimiento y todas esas gilipolleces cuando la única realidad es que estoy jodidamente perdida- no se me ocurre nada más que decir, ningún logro sobre el que hablar, ningún escrito que parezca brillante.

Ahí lo dejo. Se me ocurre pensar que tal vez alguien analice con lupa estas palabras cuando me haya muerto. Somos así. Va en nuestra naturaleza. El valor de las cosas siempre cambia dependiendo de si estás vivo o muerto. Y si no que se lo pregunten a Patricia Heras (Poeta muerta, Ediciones Capirote). Su particular frescura y sensibilidad y ese ser extraña y extranjera (me imagino) me inspiran esta lista.


Sinceramente tuya,

domingo, 18 de enero de 2015

La anestesista es joven y andaluza. Me llamo Ana, dice. Parece una estudiante en prácticas y la enfermera, que es la que me habla sin parar, parece su madre. Anita es doctora, pienso. Me hace preguntas parapetada tras el teclado. Lleva gafas de un anuncio de Mango o Federópticas. Es tan joven. Que abra mucho la boca y diga a. Hace como que me mira la boca desde detrás del teclado y sus gafas de chica it. Y ahora levanta la cabeza hacia arriba todo lo que puedas con la boca cerrada. It girl Anita dice que está bien. Que cómo me sentó la anestesia en mi apendicectomía. Bien, le contesto a Anita, aunque pienso que me desperté muy cabreada y llamándole puta a la enfermera y que mi madre me dijo, niña, eso no se dice, Fue hace treinta y cuatro años pero guardo una cicatriz sexy del último cuarto del siglo XX. Ahora, en el XXI, Anita no se levanta de la silla para hacer su informe. Que si he perdido el conocimiento o me he desmayado alguna vez. No, nunca he tenido un orgasmo tan bestia. Lo digo con pena. A Anita le cuesta despertarse pero traspasa las gafas mango y parece que quiere reírse. La enfermera hace como que se contagia. No et preocupis, noia, això serà vist i no vist. De fet, diuen que es podria fer sense anestèsia, però ho diuen perquè no s'ho han de fer ells, tu ja m'entens. Deduzco que sigue habiendo más ginecólogos que ólogas. Firmo todos los papeles que les dan permiso para hacerme transfusiones si es necesario e incluso para morirme ante sus ojos sin que pase nada. Porque nada pasa, nada es tan trascendente, si has firmado todos los permisos.

sábado, 27 de diciembre de 2014

No lo digo con acritud pero a mí el yang me quita la vida. Es en el yin donde encuentro descanso, compromiso y comprensión. Seguro que no eres tú, que soy yo. Que tú siempre te mereces a alguien mejor. Y todo eso que digo para huir y no regresar. Hubo una monja que me definió como algo apática en un informe de séptimo de EGB. Yo aprendí que los padres se morían pero no pasaba nada. Nada de desgarrarse por dentro. Hoy, que huele a navidad y arrastro los pies más que de costumbre, he tomado café con el padre de Maria. Claro que hay estima y respeto. El yang de Maria dice que no supo ver cómo yo daba amor. Me he quedado muda. Todos hacemos cuentas, ecuaciones y raíces cuadradas de los afectos. Es por nuestra ignorancia, como dice Wislawa. No puedes ser más (ni menos) de lo que eres. No puedes poner tu plantilla en el cuerpo del otro. Puedes, pero luego sufre y jódete. Es por el yang que soy apática, fue así el aprendizaje primero. Por el yang he sido madre (eso ha sido bueno, creo). Pero no una madre con la boca llena de gallinas y polluelos. Antes que madre era (soy) mujer en construcción. No puedes ni debes ser otra cosa que lo que eres. El yang deja espermatozoides perdidos y cargas víricas incontrolables, invisibles. No puedo quitarme de la cabeza que el yang me huele a muerte desde el principio. Aunque me llegan historias, noticias que me dejan siempre la esperanza como gato panza arriba. Al fin y al cabo, esperanza.

lunes, 22 de diciembre de 2014

Un día volveré a París. Me tiraré todo un día en el Louvre y adoraré a la Victoria de Samotracia. Será muy diferente al París del verano de 2003 cuando una ola de sequía y calor insoportable inundó Europa. Quemaba el asfalto, se aflojaba el cuerpo y también el cerebro. Yo no lo sabía, pero ese agosto me estaba preparando para volver a ser yo. María tenía ocho años y recorría París con un pequeño dietario en el que apuntaba sus impresiones sobre el viaje. Se sentaba en cualquier banco, cruzaba las piernas y, con el extremo del lápiz en la boca y los ojos hacia arriba, barruntaba qué escribir. Lo miré a escondidas: “el que més m’ha agradat de París: el metro”. Le gustaba la actividad en el subterráneo. Los músicos, la artesanía... Nos obligaba a dejar siempre unas monedas. A Maria siempre le ha gustado la multitud, el calor humano, los colores. Recuerdo sus carcajadas la primera vez que la llevé a un mercadillo y veía los sujetadores y las bragas colgados de las paradas. Una no acaba nunca de ser consciente de que ha sido la mirada que ha filtrado su mundo. En esos recuerdos que me vienen sí me siento importante. A Maria y a mí siempre nos quedará mucho más que París. Nuestros corazones se entienden. Un tarotista me dijo que siempre será así. Eso me alivia mucho en este tiempo en que mi cuerpo se encaja en los huecos de las ausencias. Solo en tu soledad empiezas a conocerte, a hacer abstracción de lo que tienes que entender o aprender. Tal vez lo mío tiene que ver con la gestión de los afectos sobre la base de la soledad del individuo. O lo que es lo mismo: qué pinta el amor en toda esta historia si al final nacemos y morimos solos.

viernes, 19 de diciembre de 2014

Nada es para tanto. Abogo por la relatividad. Me cansan las consignas maniqueístas y pueriles que circulan en las redes. Los demás son mu malos mu malos. Yo sí que soy buena persona. Me cansan las citas de celebridades, que no sé si son ciertas (vuelvo a incidir en la contradicción de la desinformación a través de la mala información) y que están sacadas muchas veces de contexto, en las que taxativamente se nos define, por ejemplo, cómo actúa un ser inteligente versus uno que no lo es. Y ya está. Ahí queda dicho. Me cansan también los insultos. Ya sabemos cómo está el cotarro político pero no arreglamos nada con insultos. Más bien me da muy mal rollo y me pone muy negativa (más). Es un falso activismo. Yo no lo soy, activista. Tampoco sé si yo sí que soy buena persona y no tú que (tal vez) estás leyendo esto. Es más, reivindico ser imperfecta y a veces mu complicá. Reivindico equivocarme y pocas veces aprender de mis errores. Me cansa, repito, tanto discurso pueril. Y tanta soledad camuflada. Escribimos en las redes porque la comunicación en la VR (vida real) está mu pero que mu chunga. Yo me duelo de eso. Así. Abiertamente. Escribimos en las redes  a modo del crío de seis años que da palmadas al muslo de su madre para que le atienda mientras habla con otro adulto. Me viene a la cabeza un aviso de SMS que rezaba “hazme casito, que soy un mensajito”. Pues eso.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

Es tan alarmante la incidencia del cáncer de mama en las mujeres (mi amiga Rosa me da el dato de que una de cada ocho mujeres lo sufrirán a lo largo de su vida) que cuando leo el informe radiológico me connota una absolución relativa (en el tiempo presente), diciendo aquello de que “no se observa crecimiento de agrupación de células anormales o sospechosas” o algo así, y a mí me parece entender algo que no se dice pero como que se sugiere más allá de las palabras escritas, como si hubiera que leer un “todavía” no escrito pero sí suspendido en el aire de quien redacta y de quien lee. Y luego están las revisiones ginecológicas, donde en los últimos años se ha puesto de moda diagnosticar CIN-1 a diestro y siniestro, debido –dicen- al cambio de hábitos en nuestras relaciones afectivas. Vamos, que mezclarse con más de uno/a supone un riesgo añadido a la lista de enfermedades que puede sufrir nuestro cuerpo antes del último viaje. Destacan también la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica, que tanto han costado –y cuestan- de diagnosticar y reconocer o el alzheimer (el maldito alemán sobre el que trabaja ahora mi otra amiga Anabel): el dolor invisible y la memoria perdida. Emilio Lledó, miembro de la RAE y filósofo decía en “El objetivo “ de Ana Pastor que somos memoria, las personas somos esencialmente memoria. Y somos lo que hemos vivido, nuestros recuerdos, de ahí la tragedia de perder lo que nos hace ser quien somos. Elvira Lindo exponía, por su parte, que la ausencia de expectativas e ilusión hace bajar la tasa de natalidad.
La enfermedad es un oportunidad para crecer. Claro. A la fuerza los cuelgan.
Y lo peor, lo peor de todo, es quedarse solo/a sin que esa soledad sea una elección consciente, fruto de nuestro crecimiento interno. Recuerdo los últimos años de mi abuela paterna: incapaz de entender qué vida vivíamos ahora (sense relacionar-vos amb els veïns, amb les portes tancades i sempre de pressa i de mal humor) y con la tristeza añadida de irse quedando sola, sin sus puntos de referencia generacionales.
Y qué sentido tiene todo esto que escribo? I don’t know. Pero si me sale alguno tendrá, seguro.
Ser “muy persona” es lo más difícil de todo (por norma general nos limitamos a ser individuos/as). Así nos va.

viernes, 5 de diciembre de 2014

El senyal de la pèrdua (M. Mercè Marçal, publicat aquest mes gràcies a la seva filla Heura)
Embrió humà ultracongelat número F-77 (Rosa Fabregat, 1984)

Compañías que me busco. Insisto en mi incapacidad para aprehender toda la información que me bombardea en la red. Es agotador. Soy carne de cañón para un estudio sobre la afectación de la infoxicación en personal altamente sensible. Necesito concretar. Respirar. Parar. Mirar para ver. “La vida no és durar”, deia la M. Mercè Marçal en el seu dietari mentre feia saber que estava “posant per a la mort”. Una altra dona, la Rosa Fabregat, segarrenca, farmacèutica, dona de ciència, de ciència ficció i de vers i de dona i de lluna també m’ocupa i m’inspira. Y mientras tanto no huyo del silencio. Confío en esta necesidad que me empuja al aislamiento. Entonces, por ejemplo, tarareas el poema XCIX de Neruda: “Otros días vendrán”, será entendido el silencio de plantas y planetas y cuántas cosas puras pasarán!... tendrán olor a luna los violines” y a otra cosa. Por ejemplo, el arroz con bogavante de mi madre. La cena de mis brujas de esta noche.
Y vuelta al silencio.

jueves, 4 de diciembre de 2014

La conclusión después de ver “Perdida”, dirigida por David Fincher: cada cual tiene lo que se merece. En las relaciones afectivas puede haber mucho de teatro y acomodación, de falsedad y de aparentar o jugar a lo que no se es y de ambicionar (afectos que te den ¿seguridad?, posición económica y social...). No he leído buenas críticas, no soy crítica de cine, pero sí puedo decir que no te deja indiferente. Andaba yo entre cabreada y aturdida después de ver la peli. La sociedad de Missouri que pintan allí está enferma, es evidente, no sé si es extrapolable a los EEUU enteritos, ahí ya no me meto. Odias a Amy (casi tanto como a Bette Davis en “¿qué fue de Baby Jane?”), y a sus padres (forjadores del monstruo que pasan de puntillas por allí) y parece que te compadeces del pobre Ben Afleck hasta que, con todos los datos y la adrenalina y el cabreo paseándose por tus venas, llegas a la conclusión de que cada cual tiene lo que se merece. Ah sí!... y otra cosa: que estamos muy locos, hostia!

lunes, 1 de diciembre de 2014

Qué manía con publicar libros tontamente. Ahora todo es desmesurado: la información (que más que informar desinforma), la proliferación de los que escribimos, los libros publicados que podrían evitarse... Todo es cantidad. La calidad, el trabajo bien hecho, el sentido, se han quedado en el siglo pasado. Lo mío es otra cosa: no soy escritora, no soy poeta (toda esa terminología la dejo para los profesionales), yo escribo para liberar mi ego e intentar quedarme con el verdadero yo que tengo dentro y que todavía no conozco demasiado, aunque tengo muchas esperanzas puestas en ella. Por eso me molesta el ruido: la infoxicación (facebook, whatsapp...), porque me distrae de lo importante. Ansío un/a Pigmalión que me guíe por el conocimiento literario universal imprescindible. Por encima de este ruido cibernético y de tanto perfil con profesión de escritor, le pido al universo (sí, lo confieso, yo también leí a Coelho) un Sócrates que saque de mí el conocimiento y ponga en mis manos, en mi mente, a Shakespeare o a Goethe porque yo sí sé que no sé nada. De momento, me apunto a un taller de la UdL que tratará sobre obras clásicas de la literatura europea y contemporánea (Baudelaire y sus flores del mal, James Joyce, Salvador Espriu o Tolstoi y su Ana Karenina). Y a otro sobre onirología, deseosa de alimentar mi parte más bruja y sobrenatural. ¿Vienes conmigo? (cómo me gustan las preguntas retóricas).